La historia de la cerámica va unida
a la historia de casi todos los
pueblos del mundo. Abarca sus mismas
evoluciones y fechas y su estudio
está unido a las relaciones de los
hombres que han permitido el
progreso de este arte.
La invención de la cerámica se
produjo durante la revolución
neolítica, cuando se hicieron
necesarios recipientes para
almacenar el excedente de las
cosechas producido por la práctica
de la agricultura. En un principio
esta cerámica se modelaba a mano y
se dejaba secar al sol en los países
cálidos y cerca de los fuegos
tribales en los de zonas frías. Más
adelante comenzó a decorarse con
motivos geométricos mediante
incisiones en la pasta seca, cada
vez más compleja, perfecta y bella
elaboración, determinó, junto con la
aplicación de cocción, la aparición
de un nuevo oficio: el del alfarero.
El invento del
torno de alfarero, ya en la
Edad de los Metales, vino a
mejorar su elaboración y acabado,
como también su cocción al horno que
la hizo más resistente y amplió la
gama de colores y texturas.
El producto obtenido
dependerá de la
naturaleza de la
arcilla empleada, de
la temperatura y de
las técnicas de
cocción a las que ha
sido sometido. Así
tenemos:
-
Materiales
cerámicos porosos.
No han sufrido vitrificación, es
decir, no se llega a fundir el
cuarzo con la arena. Su fractura (al
romperse) es terrosa, siendo
totalmente permeables a los gases,
líquidos y grasas.
-
Materiales
cerámicos impermeables.
Se los ha sometido a temperaturas
bastante altas en las que se
vitrifica completamente la arena de
cuarzo. De esta manera se obtienen
productos impermeables y más duros.
Una vez terminado el
objeto en algunos
casos se procede a
su decoración. Para
este nuevo trabajo
se emplean distintas
técnicas que hacen
que se obtenga un
resultado muy
variado:
esgrafiada,
en relieve,
pintada o
a lustre.